En la actualidad el uso de plásticos se ha convertido en uno de los problemas ambientales más evidentes a los que nos enfrentamos, estos materiales están conformados por largas cadenas de carbono determinadas como polímeros, los cuales pueden ser moldeados a través de calor y presión y debido a sus propiedades como lo son color, peso y resistencia a la degradación ambiental, se han vuelto muy atractivos para su producción industrial.
Y es que en nuestro país se producen diariamente 86 mil 343 toneladas de basura diariamente, lo que significa que son 770 gramos por persona. Por su parte la Secretaria de Medio Ambiente y Recursos Naturales de México (Semarnat) ha calculado que cada año se producen 9 mil millones de botellas de plástico PET.
Debido a las malas prácticas y a la falta de conocimiento que existe hacia los programas de manejo de residuos, se estima que solo el 9% de estos plásticos son reciclados, 12% incinerados y 79% termina en tiraderos.
El no contar con estrategias adecuadas de manejo para su reciclaje o reutilización genera impactos negativos muy considerables, pongamos de ejemplo el caso aquellos plásticos que se incineran, pues ésta práctica tiene severas consecuencias ambientales y sociales a través de la contaminación atmosférica, ya que el proceso de combustión de los plásticos genera dioxinas, siendo uno de los principales contaminantes atmosféricos carcinogénicos.
De ese 79% que termina en tiraderos, sobretodo en los no controlados, un gran cantidad acaba en los ríos, mares y océanos dañando principalmente a la fauna marina, la cual puede llegar a sufrir daños por enmallamiento accidental y de la misma manera por ingestión generada por los microplásticos que hay en las diferentes etapas de degradación del mismo, lo que puede provocar la incorporación de toxinas a la cadena alimenticia. Esto se debe a que los plásticos actúan como un sistema de absorción en los cuales se captan agentes externos como lo es el caso de agentes cancerígenos, plaguicidas entre otros.
Otra de las características de gran relevancia y, que representa uno de los principales problemas de estos materiales, es su alta resistencia a la degradación o a la biodegradación, la cual va desde 6 meses hasta los 500 años como lo es el caso de ciertas botellas.
Para
el caso del unicel, éste tiene un tiempo de degradación mas largo, el cual
varía dependiendo de las condiciones en las que se encuentre, y puede variar
desde los 800 años si se encuentra en mares y océanos, hasta los 1400 años en
tierra.
De
la misma manera el unicel tiene una alta capacidad de absorción, la cual se va
conglomerando en forma de esferas teniendo un potencial altamente tóxico a
través de la incorporación en la cadena alimenticia.
El
unicel tiene un potencial toxico mayor al de cualquier plástico convencional
debido al desprendimiento de dioxinas en presencia de calor, por lo que su uso
se convierte en un problema de salud pública, y cada vez más organizaciones se
unen a los movimientos que refutan el uso de unicel.
El
manejo del unicel es muy complicado ya que solo puede hacerse a través de
procesos físicos, y la dificultad del transporte del mismo debido a que el 95%
de un recipiente es aire, lo que lo convierte en un material con volúmenes muy
grandes con respecto a su peso.
Por
ende es necesario establecer estrategias integrales que puedan incrementar y
mejorar el manejo de los mismos y, de esta manera, poder tener un consumo más
controlado y así reducir los efectos ambientales adversos.
La
practica del uso de biopolímeros se está adaptando en todo el mundo, debido a
que representa una gran promesa hacia la etapa de transición de los plásticos,
además de que se promueven como un proceso de producción sustentable en donde
se utilizan fibras naturales residuales de la agricultura, y cumplen con una de
las principales características la cual es la biodegradabilidad y no toxicidad.



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